Tierras y territorios indígenas: discriminación,
inequidad y exclusión[i]
Diego
A. Iturralde G.[ii][ii][2]
Texto
preparado para el Seminario Racismo y
Políticas Públicas organizado por el United Nations Institute for Social
Development (UNRISD); Septiembre 2001, Durban, Sud África.
Introducción
En esta contribución examino la relación entre las
políticas de control territorial y distribución de la tierra y la
discriminación contra los pueblos indígenas en América Latina. Me interesa
identificar las tendencias más generales que gobiernan esta relación y discutir
los usos de los conceptos de raza, racismo y discriminación étnica para
comprender las situaciones actuales y para explorar soluciones.
Considero
que esta temática debe ser entendida desde una comprensión de la naturaleza y
evolución de la relación entre los pueblos indígenas y el Estado; que su
tratamiento debe involucrar y distinguir dos asuntos centrales que en muchas
ocasiones son confundidos: el control del territorio y la propiedad de la
tierra; y que es necesario enriquecer el alcance de los conceptos de raza y de
racismo. Por lo mismo, trato por separado el asunto de los territorios, como un
elemento central del proceso de formación del Estado y el asunto de las tierras
como un elemento de las dinámicas de la economía[iii][iii][3]
y hago una reflexión sobre sus conexiones con el tema de las fronteras
interétnicas, en tanto ambos procesos afectan especialmente a los pueblos
indígenas y configuran la situación de discriminación estructural que prevalece
hasta ahora. Propongo utilizar categorías como discriminación étnica,
desigualdad económica y exclusión política porque creo que hoy día contribuyen
a comprender mejor estas situaciones que la categoría de raza, si bien reconozco
que el concepto de racismo y la idea de combatirlo han prestado y prestan un
servicio muy importante a la causa de los derechos humanos y la democracia y a
la organización de las luchas de los sectores sociales discriminados[iv][iv][4].
Parto
del supuesto teórico de que la formación del Estado es un proceso histórico
continuo, que supone al mismo tiempo el establecimiento de autoridad política
sobre el territorio y sobre la población y la apropiación económica de los
recursos naturales y del trabajo. La primera cuestión tiene que ver con el
ejercicio del poder y la necesidad de establecer soberanía respecto de otras
entidades políticas; la segunda cuestión tiene que ver con la disposición de
los recursos como fuente de rentas. Al mismo tiempo la subordinación de la
población persigue un doble objetivo: desplazar o modificar las instituciones
políticas originarias y aprovechar la fuerza de trabajo de la población.
En
América este sistema de relaciones - territoriales y demográficas, políticas y
económicas - requirió desde el principio el establecimiento de una frontera
entre la nueva sociedad en formación y las sociedades preexistentes en la
región; frontera que fue principalmente interétnica y ha estado signada por la
dinámica de la expansión de una sobre las otras. En algunos momentos a lo largo
de la historia y en algunos sectores de las dos sociedades esta frontera fue y
es comprendida y promovida como una frontera racial; pero es fundamentalmente
una frontera de identidades, fuertemente enraizada en factores sociales como el
parentesco y culturales como la lengua. Con el transcurso del tiempo han
surgido sociedades étnica y culturalmente intermedias, cuyas fronteras son cada
vez mas difusas
Aunque
abordo los asuntos antes indicados a partir de algunas tendencias generales
para la región, creo importante advertir que cuando nos referimos a los pueblos
indígenas debemos tener en cuenta que se trata de una diversidad de entidades
sociales en distintas situaciones. Hay cerca de cuatrocientos pueblos indígenas
en las Américas[v][v][5],
que hablan sus propias lenguas y conservan, en todo o en parte, instituciones
sociales y culturales características, se articulan de modos particulares en
los estados dentro de cuyas fronteras están asentados y son igualmente específicas
sus formas de vinculación con el resto de la sociedad y con otras culturas[vi][vi][6].
También los procesos de formación de los estados d la región y sus políticas
son diversas y responden tanto a condiciones y dinámicas internas como a
tendencias internacionales.
Formación del Estado y territorios
indígenas
[vii][vii][7]
Los procesos de formación del Estado
en la región han sido marcados por el curso de las tensiones en la relación
entre las sociedades nacionales emergentes y las sociedades indígenas
preexistentes; estas tensiones giran en torno a la ocupación del espacio y la
subordinación de la población originaria y provocan el establecimiento y
mantenimiento de distancias entre las sociedades y entre sus culturas. Como parte de este proceso el Estado en
formación, colonial primero y republicano después, desarrolla estrategias para
eliminar los obstáculos que los pueblos indígenas oponen al régimen de
ejercicio de la autoridad, a la explotación del trabajo, a la apropiación
privada de los recursos y a la extracción de la producción social. Al mismo
tiempo algunas estrategias se dirigen a preservar condiciones mínimas de
reproducción de los indígenas en tanto fuerza de trabajo y fuente de tributos.
Estas políticas fueron y son acompañadas de un discurso que las justifica y
reproduce ideológicamente: la construcción de la nación, entendida a la vez
como proyecto de unidad política y económica y como propuesta de
homogeneización social y cultural. El estilo de estas estrategias ha variado
histórica y regionalmente en cuanto a su forma, pero en el fondo oscila entre
el exterminio y la transformación forzada de la sociedad y la cultura
indígenas. Substancialmente estas políticas se han caracterizado por la
intolerancia de cualquier heterogeneidad cultural que obstaculice la formación
del mercado interno o le dispute a la nación la legitimidad para ejercer la
hegemonía sobre la totalidad social.
Las
instituciones coloniales tempranas - como los pueblos de indios, las
reducciones, las encomiendas, las mitas (las semarias en colonias de Portugal) - se establecieron para organizar
las relaciones - territoriales y demográficas, políticas y económicas – entre
la sociedad emergente y las sociedades originarias. Estas formas dieron origen
a las instituciones de gobierno colonial que ordenaron el control
político-territorial (los virreinatos, las audiencias, las capitanías) y a las
instituciones económicas que organizaron la distribución de la tierra y el
trabajo (haciendas, minas y obrajes).Entre estas dos esferas se generó y creció
un nexo eminentemente tributario.
La
independencia aceleró los procesos de subordinación de la población indígena y
de eliminación de sus formas de organización política y la ampliación del
ejercicio de la autoridad sobre el
territorio. En las regiones nucleares como los altiplanos de Mesoamérica y los
Andes y algunos puertos marítimos, este proceso se completó más temprano,
mientras en las tierras bajas tropicales fue tardío y se realizó mediante
delegación a terceros (misioneros, propietarios, colonizadores). En las selvas
tropicales de la región la consolidación del control militar y administrativo
por parte del Estado, así como su aprovechamiento económico, ocurrió apenas en
la segunda mitad del siglo XX., Porque en la práctica este proceso estuvo
basado en declaraciones legales y acuerdos diplomáticos, más que en una
ocupación real del territorio.
En
las tierras altas más densamente ocupadas y con mayores competencias por el
suelo, esta situación es altamente dependiente del régimen de propiedad. En las
tierras bajas donde el acceso a amplios espacios de sobrevivencia estuvo
librado a las dinámicas interétnicas, la problemática de las concesiones
estatales, la regulación de la propiedad y la protección ambiental surgen frete
a la presión de la colonización y de los procesos extractivos a gran escala.
En
este contexto la relación entre los pueblos indígenas y los estados nacionales
ha sido una relación de frontera territorial interna y, aunque la forma de
estas relaciones y la naturaleza de estas fronteras han variado a lo largo del
tiempo, medio milenio después del contacto las distancias sociales y culturales
se mantienen y se reproducen, involucrando por una parte al conjunto de la
sociedad que se considera unitaria y nacional y se organiza bajo el signo del
Estado y por la otra a los pueblos indígenas que demandan ser reconocidos como
distintos y autónomos y persisten en reclamar derechos sobre los territorios en
tanto espacios de ejercicio de la autoridad.
La
problemática territorial indígena ha sido tratada de diversas maneras a lo
largo de la historia y según sean los países o regiones. Cabe distinguir tres
tendencias de este tratamiento: la ocupación del territorio por la fuerza,
incluyendo la reducción de la población originaria y la sustitución por
colonos; la reducción de los pueblos indígenas a entidades políticas
subordinadas al Estado que viabilizan su articulación subordinada con las demás
entidades al interior de la nación; y la reservación de espacios territoriales
dentro de los cuales los pueblos pueden organizar con relativa independencia su
vida social y cultural y pueden mantener en cierta medida sus propias
instituciones políticas.
Durante
la conquista, la colonia y la vida independiente se dan campañas de exterminio.
Algunas de éstas están claramente ligadas a los procesos de formación del Estado
moderno, como por ejemplo la Campaña del Desierto en Argentina, las prolongadas
guerras contra el pueblo Mapuche en el sur de Chile, la Guerra de Castas en
Yucatán y más recientemente la prolongada Guerra Civil en Guatemala. Otros
eventos militares que enfrentaron a los países latinoamericanos por asuntos de
fronteras, como la Guerra entre Paraguay y la Triple Alianza, la Guerra del
Chaco (Paraguay-Bolivia), la Guerra del Pacífico (Chile-Bolivia-Perú) y las
reiteradas confrontaciones fronterizas entre Perú y Ecuador, dieron también
como resultado la ocupación por parte del Estado y del Ejército de zonas
apartadas que permanecían bajo control predominantemente indígena.
A
lo largo de la Colonia la reducción de los indígenas en pequeños pueblos,
misiones y comunidades como territorios dentro de las cuales continuaron
operando sus propias dinámicas de autoridad y sus prácticas culturales, fueron
formas de encapsulamiento que operaron como mecanismos de control político y
económico. Con modificaciones formales estas políticas siguieron en uso hasta
las reformas liberales y algunas permanecieron vigentes o fueron reinstaladas
en la primera mitad del siglo XX. De cualquier manera estos espacios indígenas
se fueron fragmentando, se debilitó hasta desaparecer la capacidad de autoridad
interna y se impuso progresivamente la autoridad gubernamental. Como se verá
mas adelante este proceso de desterritorialización progresiva del mundo
indígena afecta principalmente a los pueblos en las tierras altas y es
complementario de las políticas agrarias (de tierras y de mano de obra). Es
también una forma de consolidación del
Estado como entidad territorial que alcanza su límite superior en la
época de las reformas agrarias.
La
tercera tendencia - a la reservación de territorios - se dio de hecho en las
tierras bajas y selváticas, extensas y con baja densidad poblacional, donde la
ocupación temprana es principalmente de enclave por lo que los pueblos
indígenas de esas regiones permanecieron por mucho tiempo no contactados y conservaron
en la práctica el control sobre porciones importantes de sus territorios
tradicionales de sobrevivencia. El contacto y por tanto los conflictos se
intensificaron más tarde, por la colonización, la concesión de licencias para
actividades extractivas (petróleo, madera, minas), la generalización de la
crianza de ganado y el establecimiento de cosechas comerciales (soja, té,
palma). Esa autonomía creativa; por aislamiento, se viene perdiendo
progresivamente, si bien en años más recientes los estados tienden a adoptar
algunas medidas de preservación de tales territorios como áreas indígenas por
diversas razones.
Cambios
recientes en los textos constitucionales y legales de varios países
latinoamericanos reconocen en alguna medida principios de territorialidad
indígena. Unos se limitan a reconocer, bajo diversas denominaciones, aquellas
porciones mas o menos extensas que han sido tradicionalmente ocupadas por los
indígenas, cuya posesión se propone proteger de la presión externa mediante
demarcación y titulación. Las constituciones de Argentina y Paraguay lo hacen
de manera declarativa; las de Brasil, Bolivia y Perú son más concretas en las
formas de protección, pero en todos los casos se trata de un traslado y
ampliación de las normas y las políticas sobre tierras y sobre propiedad
colectiva. Los regímenes constitucionales de Colombia (Entidades
Territoriales), Ecuador (Circunscripciones Indígenas) y Panamá (Comarcas) van
más allá de asegurar el acceso a las tierras y otros recursos renovables y
establecen principios de jurisdicción y competencia propios dentro de los
territorios indígenas, lo que da a estos un carácter político, más que agrario.
El régimen de autonomía de la Costa Atlántica de Nicaragua es indudablemente el
que enfrenta de manera más integral la problemática política y territorial de
una región multiétnica.
Esta
evolución reciente de las políticas de reconocimiento territorial responde a la
presión de los pueblos indígenas, quienes han protagonizado importantes marchas
y movilizaciones para reclamarlos y a la necesidad de los gobiernos de atender
problemas de impacto social y ambiental precipitados por factores como el
desarrollo vial, la generación de hidroelectricidad y la penetración del
turismo. Estas medidas influidas por la discusión y adopción del texto del
Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y otros instrumentos
internacionales, que aproximan las definiciones de tierras y territorios e
introducen el concepto de pueblos indígenas, elementos que juntos contribuyen notablemente
a prefigurar la idea de territorio en su sentido político. Son importantes
también los esfuerzos de la comunidad internacional por inducir y financiar
procesos de aseguramiento territorial en regiones ambientalmente muy frágiles,
ocupadas por pueblos indígenas.. En la Amazonia se suma además la búsqueda de
mecanismos para amortiguar los efectos del combate contra los cultivos, la
transformación y tráfico de hoja de coca y del enfrentamiento con fuerzas
militares irregulares.
Por
último cabe resaltar la emergencia de una nueva dinámica, que no tiene que ver
directamente con el uso de los recursos sino con reformas al régimen de
división y organización territorial de la administración estatal, ligadas a los
procesos de descentralización y transferencia de las funciones públicas. Allí
donde estos procesos se están llevando hasta el nivel municipal (o aun a
niveles más desagregados) pueden resultar en un fortalecimiento de las
competencias en el nivel local, definido sobre una base territorial, creando
oportunidades para que sociedades locales - como las indígenas - reasuman
ciertos grados de control político territorial. Probablemente este es el
principal sentido que tienen la creación de las entidades indígenas ya
mencionadas en Colombia, Ecuador y Bolivia, medidas que en algunos casos
implican además reformas electorales que aumentan la incidencia de las
comunidades locales en la selección de sus propias autoridades[viii][viii][8].
Los
indígenas americanos lucharon siempre por la preservación de sus territorios,
no únicamente como un medio de vida material, sino en el sentido de espacio
simbólico y político de sus identidades. Una buena parte de los levantamientos
y rebeliones indígenas que han sido documentadas por los etnohistoriadores
persiguieron restituir la dignidad y competencia de sus autoridades propias y
representaron reacciones a la intromisión de los gobiernos nacionales en sus
territorios y sus asuntos locales. La larga lista de cruentos enfrentamientos
con los indígenas de las tierras tropicales durante la colonia y buena parte de
la época independiente deben ser vistos como episodios de invasión y defensa de
territorios, ligados a la perturbación y preservación real y simbólica de
espacios de poder, más que a disputas por recursos.
Hoy
en día, prácticamente agotada la posibilidad de luchar por la restitución y
redistribución de las tierras, los movimientos indígenas vuelven a plantear la
reivindicación del territorio, cada vez con un énfasis más claro en el sentido
político y simbólico que este ha tenido o ha adquirido para su cultura. Tal
como se puede apreciar en las demandas y movilizaciones recientes de los
pueblos indígenas de Bolivia, Chile, Ecuador y México entre otros, sus
plataformas incluyen el tema territorial como un elemento de la demanda de
autonomía, de la misma manera que incluyen temas relacionados con el ejercicio
de la autoridad propia, la supremacía de los usos y costumbres locales sobre
las leyes nacionales y la posibilidad de resolver sus asuntos conforme a sus
propios sistemas de administración de justicia.
Tierras indígenas y economías
nacionales [ix][ix][9]
La
historia de las políticas sobre las tierras indígenas se suele caracterizar en
razón de las grandes épocas de la historia política de la región: la colonia,
la independencia, la reforma agraria y la modernización del último cuarto del
siglo XX. Dentro de este esquema general me parece relevante tomar en cuenta la
propuesta de J. Aylwin de poner atención sobre la situación prevaleciente en la
época precolombina para reconocer los modelos indígenas de ocupación y
relacionarlos con las prácticas consuetudinarias contemporáneas y por su
recurrente utilización como argumento en las reivindicaciones de los
movimientos indígenas (Aylwin, 2001: 21 y ss); igualmente considero útil asumir
las subdivisiones que hacen Plant y Hvalkof (2001: 6 - 12) del primer tramo de
vida republicana en un período caracterizado por las reformas liberales y otro
por el proteccionismo indigenista, y del período de las reformas agrarias en
dos momentos: el de su implantación y el de su agotamiento y decadencia.
El
último período, emergente, comprende importantes innovaciones en las normas y
en las estrategias impulsadas por los organismos normativos y financieros
internacionales, reformas constitucionales, nueva legislación especializada y
puesta en marcha de programas de titulación y regularización de tierras en un
buen número de países. Este momentum
está fuertemente caracterizado por la revitalización de las identidades
indígenas, el fortalecimiento de sus organizaciones y la emergencia de
movimientos que reivindican autonomía y territorialidad como he señalado antes.
El
examen de estas políticas también requiere distinguir dos grandes ecotipos de
ocupación y aprovechamiento, según se trate de tierras altas en las que se han
desarrollado lo que varios autores denominan una agricultura y una economía
vertical e intensiva, como por ejemplo en los Andes y Meso América; o de tierras
bajas y tropicales, como por ejemplo en el Chaco, la Amazonia, la Lacandonia o
la costa del Caribe continental, en las cuales predomina una economía
hortícola/forestal, horizontal y extensiva[x][x][10].
A grandes rasgos esta distinción se corresponde con la diversidad contemporánea
de los pueblos indígenas entre sí, con las diferentes dinámicas de relación
entre los pueblos indígenas y los Estados nacionales a lo largo de la historia
y, evidentemente, con variaciones importantes en las políticas sobre tierras.
El mayor porcentaje de población indígena está asentado en las tierras altas y
muestra una larga tradición de integración al mercado y la vida nacional. La
mayor diversidad étnica y cultural se encuentra entre los pueblos de las
tierras bajas, principalmente de la cuenca amazónica, donde la historia del
contacto es más reciente.
Una
tercera caracterización importante se relaciona con el régimen de tenencia que
han favorecido las políticas públicas: individual o colectivo. Este asunto ha
animado el debate académico y político por mucho tiempo y es un elemento muy
importante de la reivindicación indígena contemporánea. Existe la idea
ampliamente generalizada de que la propiedad indígena sobre la tierra ha sido
tradicionalmente colectiva y que la modernización capitalista ha presionado
permanentemente para individualizarla, con el objeto de servir a las dinámicas
del mercado. Esta convicción es expresada fuertemente por los líderes de la
mayoría de los movimientos campesinos desde la década de mil novecientos
sesenta y la utilizan actualmente los movimientos indígenas para oponer
resistencia a los programas de titulación y regularización individual de las
tierras; al mismo tiempo este colectivismo agrario ha sido señalado como un
obstáculo permanente para la modernización de las pequeñas explotaciones
agrícolas y su plena inserción en las economías nacionales. Algunas discusiones
recientes ponen en duda esta pretendida prevalencia histórica de la propiedad
colectiva en el mundo indígena, pero todos coinciden en que las economías
domésticas indígenas, cualquiera que sea el régimen legal de tenencia,
necesitan de un ambiente comunitario que asegure el uso de las parcelas, los
mecanismos de intercambio y agregación temporal de trabajo basados en usos
alternativos de las tierras y del trabajo - como el arrendamiento y la
aparcería-, y el acceso compartido a recursos claves como el agua, los bosques
y las áreas de pastoreo en las tierras altas, o aquellas que solo se pueden
aprovechar colectivamente o son muy frágiles, en las tierras bajas tropicales[xi][xi][11].
De cualquier manera los arreglos colectivos para producir y manejar
sosteniblemente los recursos son una característica persistente de las culturas
indígenas y de sus economías y el tratamiento de este elemento en las políticas
es muy relevante para ellos.
La
evolución de las políticas sobre tierras está fuertemente ligada a la historia
económica de los países de la región, en la cual han jugado un papel muy
importante en la formación del mercado interno y su dinamización. Las
principales variaciones, desde la colonia, pueden ser comprendidas a partir de
las diversas formas de inserción de las economías nacionales emergentes en los
mercados globales, arrastrando desde el principio una tensión entre éstas y las
economías locales indígenas. Tales
variaciones, como lo han indicado Plant y Hvalkof (2001: 13 a 15) se mueven
dentro de tres enfoques: el primero es un enfoque de protección, que busca
sustraer las tierras indígenas de las dinámicas del mercado. El segundo es un
enfoque de derechos, que reconoce formas preferentes o especiales de acceso a
la tierra para los indígenas. El tercero es un enfoque ambiental o ecológico,
que atribuye a los indígenas un rol importante en la protección del medio
ambiente.
El
enfoque de protección de las tierras indígenas se ha llevado a la práctica
poniendo restricciones a la posibilidad de transferirlas tres maneras: una muy
generalizada en la región y todavía vigente en muchos países, consiste en la
declarar (en la Constitución y en las leyes) que las tierras de los
indígenas son no enajenables y no
embargables, implicando que su propiedad no es transferible, pero además
que no puede ser objeto de ninguna operación que limite o ponga en riesgo la
posesión o la propiedad. Figuras legislativas especiales que cumplen este
propósito han existido desde la época colonial y algunas existen todavía, como
el Solar Campesino (Bolivia), la Pequeña Propiedad Agraria (México) o la
Dotación de Reforma Agraria (Ecuador).
Una
segunda manera de protección, más institucionalizada, dota a las tierras
indígenas de un carácter colectivo que además de limitar las eventuales
transferencias de la tierra, establece un sistema de control social sobre las
mismas, para resolver dinámicas internas de tenencia y evitar a los extraños.
Tal es el caso del régimen histórico de comunidades indígenas y de
instituciones vigentes actualmente como las Tierras Comunitarias de Origen
(Bolivia), el Resguardo (Colombia), la Reserva Indígena (Costa Rica), el Ejido
(México) y diversas modalidades de Comunidad Campesina y de Comunidad Nativa
(Perú, Nicaragua, Guatemala). En estos casos el enfoque de protección muestra
algunos elementos del enfoque de derechos, como lo indicaré más adelante.
La
tercera manera de proteger las tierras indígenas consiste en reservar su
dominio para el Estado, establecer restricciones o condiciones para su
disposición y otorgar el disfrute a la población originaria[xii][xii][12].
Así lo dispone actualmente la Constitución de Brasil, la que además establece
un sistema de control legislativo muy fuerte sobre la capacidad del gobierno de
comprometerlas. En otros países algunas tierras y otros recursos - como los
páramos, los bosques, las selvas tropicales y el agua para riego -, han sido
puestas bajo propiedad pública y su utilización es adjudicada a las comunidades
indígenas que las ocupan tradicionalmente. En este caso se encuentra presente
también, en cierta medida, el enfoque ambiental.
El
segundo enfoque, de derechos, opera mediante el reconocimiento de alguno o
varios de tres supuestos: el derecho originario de los pueblos indígenas a las
tierras que les pertenecieron antes del establecimiento del Estado; el derecho
a la restitución de las tierras amparadas por títulos coloniales o republicanos
que hubieren sido objeto de despojo; y el derecho de los indígenas a ser
compensados por haber sido objeto de discriminación y la obligación del Estado
de procurar el restablecimiento de la equidad. Las políticas coloniales
consideraron en alguna medida el primer tipo de derechos; el liberalismo creyó
resolver los problemas mediante un régimen de propiedad y por tanto de
reivindicación civil; el indigenismo participó a medias de argumentos de
restitución y justicia social; las reformas agrarias se basaron también en una
combinación del segundo tipo de derechos (de restitución agraria) y en una acción
afirmativa de redistribución de la tierra, pero pusieron énfasis además en
restaurar derechos laborales. Varias reformas constitucionales y legales de la
última década han acogido, al menos retóricamente, la figura de los derechos
originarios a las tierras (Bolivia y Paraguay, por ejemplo).
El
enfoque ambiental arranca del propósito de proteger los recursos naturales
frágiles. Si bien los modelos y experiencias más tempranos (parques nacionales
y reservas forestales) no consideraban a la población, los que se han
desarrollado después consideran incorporar a la población nativa en los planes
de manejo o involucrarlos en la administración; experiencias mas recientes,
como las basadas en el modelo de reservas de la biosfera, intentan conciliar la
protección ambiental y el derecho preferencial de los pueblos indígenas a
aprovechar sus espacios tradicionales de vida.
Actualmente
se están poniendo a prueba combinaciones entre el régimen de reserva ambiental
y el de propiedad colectiva indígena. El desarrollo de este enfoque implica
reconocer que en determinadas circunstancias, principalmente en las tierras
bajas aun cubiertas de selva tropical, las prácticas tradicionales indígenas
son sostenibles y que los mismos pueblos se involucran activamente en la defensa
de los recursos frente a terceros. Importantes procesos de titulación en la
Amazonia de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia se han inspirado fuertemente en
este enfoque, mostrando que la seguridad de las tierras indígenas y el
medioambiente frágil amenazados por los avances de las empresas extractivistas,
requiere de un enfoque político - como el de territorio indígena, más amplio
que el de propiedad agraria.
Cualesquiera
que sea el enfoque predominante en cada momento de la historia en un país o en
una región, las políticas de tierras han oscilado a lo largo del tiempo entre
la restricción de la participación en el mercado de tierras y la promoción de
formas de tenencia libremente transferibles [xiii][xiii][13].
Esta variación ha estado sistemáticamente asociada con políticas de manejo de
la fuerza de trabajo, sea para contraer o para ampliar el mercado laboral, así
como para retener localmente o expandir la disponibilidad de mano de obra[xiv][xiv][14].
Una combinación de políticas de tierras y de trabajo aseguraron durante la
colonia el pago de tributos y el abastecimiento de las minas y los obrajes
(alimentos, insumos y mano de obra). Los sistemas de tenencia de tierras en
precario y el endeudamiento, permitieron retener mano de obra cautiva en las
haciendas; las reformas liberales, las reformas agrarias y la colonización
dirigida dinamizaron el mercado de trabajo requerido por los nuevos cultivos
comerciales y para exportación. Los mercados de trabajo quedaron siempre fuera
del control de los campesinos trabajadores, y los mercados de bienes de consumo
fuera del control de los pequeños productores. El precio del trabajo y de las
cosechas tradicionales (maíz, frijoles, papa) siempre fueron bajos, porque la
reproducción de la fuerza de trabajo permaneció subsidiada por una agricultura
de subsistencia.
La
defensa y el reclamo de tierras han sido constantes a lo largo de la historia
de los pueblos indígenas, ellos buscaron siempre el acceso seguro a ellas y su
posesión tranquila y usaron todas las estrategias posibles para conseguirla: el
pago de un tributo, el canje por trabajo, la reivindicación legal, la compra,
el arrendamiento y hasta el uso de la fuerza para defenderlas o recuperarlas.
Las reivindicaciones agrarias (por tierra y trabajo) fueron el motor de las más
importantes movilizaciones del siglo XX, que configuraron movimientos
campesinos fundamentales en el desarrollo de las relaciones políticas de la
región hacia mediados del siglo. El punto mas alto de estas movilizaciones y
del proceso organizativo llega hasta la década de las reformas agrarias (1965 -
1975) y declina progresivamente conforme se va agotando el reparto. Después del
reparto quedan pendientes muchos procesos de deslinde y titulación, problemas
de resolución de conflictos internos por linderos, el uso de las aguas, los
bosques y las zonas de pastoreo, que mantienen en pié las luchas campesinas.
Estas luchas se enlazan con los reclamos más generalizados de los pobres por
asistencia financiera, políticas de comercialización y precios justos, con las
presiones para obtener o conservar servicios públicos como la salud, la
educación y la dotación de infraestructura y con la demanda ciudadana de
inclusión en la democracia.
En
este contexto surgen los movimientos indígenas contemporáneos, que añaden a las
reivindicaciones económicas y ciudadanas la lucha por la recuperación y el
reconocimiento de sus identidades y de los derechos (lingüísticos, culturales,
religiosos, políticos) que les corresponden como sociedades diferenciadas. Los
pueblos indígenas son los últimos que luchan por la tierra, porque continúan
afectados por las deficiencias de los procesos de reforma y la insuficiencia
del reparto; parte de esta reivindicación es el reclamo de seguridad jurídica
sobre las tierras y el saneamiento, demarcación y titulación de las zonas de
reproducción en los bosques tropicales, ocupados de manera colectiva. Esta
nueva forma, étnica, de luchar por la tierra y otros servicios se procesa junto
con la demanda de reconocimiento de un estatuto territorial y se transforma en
una parte importante del proyecto de autonomía.
El impacto y los resultados de las
políticas públicas
A
juzgar por los resultados, las políticas de protección, restitución y
reconocimiento de derechos preferenciales sobre las tierras y territorios
indígenas han sido muy poco efectivas. Como conjunto, los indígenas están
sobre-representados en los índices de la pobreza y de la pobreza extrema para
la región y la situación tiende a empeorar cada año. Esta situación se repite
en el ámbito de cada país y se muestra también en las ciudades, hacia donde
están migrando crecientemente los pobres del campo.
Aún
cuando el acceso a las tierras y el régimen laboral no hacen parte del calculo
de este índice, hay una amplia coincidencia en señalar que los factores
estructurales de esta situación se encuentran en la desigual distribución de
las tierras y la explotación de la mano de obra y que ésta es una condición
histórica y acumulativa. También hay factores relacionados con la distintividad
étnica (lo que he llamado la frontera
étnica) que potencian el impacto de esos factores estructurales y qué
determinan que estas políticas hayan afectado más y de un modo específico a los
pueblos indígenas hasta convertirse en una condición estructural de discriminación
(Stavenhagen, 2001) que sostiene y reproduce la inequidad y la exclusión.
Las
medidas coloniales de protección no fueron efectivas para conservar las tierras
en manos de los indígenas, ni preservar sus instituciones político
territoriales. Como lo señaló hace casi cincuenta años Aguirre Beltrán en Regiones de Refugio, el proceso de
dominación provocó la desestructuración de las sociedades indígenas y su
desplazamiento hacia regiones de refugio,
cada vez más lejos de los centros de poder y en espacios marginales; buena
parte de los resultados de sus esfuerzos fueron transferidos como tributo; y
una rápida caída demográfica contribuyó al vaciamiento de los territorios
originarios en las tierras altas. Pese a las previsiones legales que pretendían
proteger la mano de obra indígena del abuso de los colonizadores y asegurar una
base agrícola para el pago de los tributos a la Corona, los indígenas perdieron
sistemáticamente sus tierras y fueron desplazados a espacios residuales.
Las
instituciones creadas para preservar un espacio político local desde el cual
las sociedades indígenas pudieran interactuar con las autoridades coloniales
-como los pueblos de indios, las encomiendas,
las misiones y mas tarde las comunidades – fueron aprovechadas para
asegurar el control de la población por parte de los nuevos propietarios de las
tierras y generar polos de poder (civil
y eclesiástico), despojando a los indígenas de sus propias autoridades y del
control de sus pequeños territorios remanentes. El contacto con los pueblos de
las forestas tropicales fue muy débil durante la colonia. En todo caso se
caracterizó por la reducción militar y la evangelización.
Las
políticas liberales persiguieron la abolición de cualquier régimen colonial que
protegiera las tierras indígenas y promovieron con éxito procesos de
desamortización que resultaron fortalecidos por la adopción del modelo
napoleónico de Código Civil y el establecimiento de sistemas de registro que
facilitaron la concentración de la propiedad. Los indígenas fueron teóricamente
asimilados al estatuto de ciudadanos, sujetos al orden administrativo y
territorial común, desapareciendo cualquier tipo de fuero territorial o comunal que hubiera podido existir. Como ciudadanos pobres y comunes se
volvieron sujetos de impuestos y de libre contratación, pero no alcanzaron
ninguna incidencia en la gestión de los intereses nacionales, privilegio
reservado a los ciudadanos electores que disponían de bienes, de ingresos y de
ilustración.
Las
tierras bajas fueron asimiladas a la figura jurídica del res nullius (cosa de nadie), declaradas formalmente bienes públicos
y entregadas en concesiones a título
individual a aventureros interesados en la extracción de productos como el
caucho y la castaña. o encomendadas a misiones religiosas para pacificar a los indios.
En
general, la introducción de las normas del Código Civil y de los regímenes de
registro y catastro significaron una desventaja real para los indígenas porque
supone un conocimiento y unas destrezas administrativas y legales de las que
estuvieron culturalmente muy alejados. La relación con la tierra en esas
culturas estuvo fuertemente ligada al trabajo acumulado y fue percibida como
una unidad con la humanidad misma, no afectada por mediaciones legales o
administrativas.
La
reacción indigenista[xv][xv][15]
intentó reconstituir el régimen de comunidades e introdujo nuevamente
restricciones legales a la transferencia de dominio de las tierras; sin embargo
quedaron en pié una serie de formas de tenencia precaria, basadas en sistemas
de usufructo pagado con trabajo indígena, como por ejemplo el colonato (Chile), el pongaje (Bolivia), el huasipungo (Ecuador) y el yanaconaje (Perú). Las Comunas, los
Ejidos, las Comunidades y otras formas de reconocimiento de personalidad
jurídico-territorial y de organización interna quedaron colocadas en el escalón
más bajo de la estructura de gobierno, despojadas de autoridad sobre los
asuntos de tierras, territorios y administración de justicia, sujetas a
burocracias locales y obligadas a participar en la construcción y mantenimiento
de las obras y servicios públicos locales[xvi][xvi][16].
Corresponde
a este período la penetración de las misiones protestantes, que son llamadas
por los gobiernos para evangelizar y civilizar a las tribus atrasadas de las regiones tropicales, documentar sus lenguas y culturas y traducir la Biblia a las
lenguas nativas[xvii][xvii][17].
Estos grupos se suman a antiguas y nuevas misiones católicas, que se disputan
la influencia sobre el mosaico indígena y trabajan fuertemente para reducir a
la población dispersa y sedentarizarla, introducir la agricultura intensiva,
combatir las prácticas rituales y curativas, los mitos y las formas de
parentesco, afectando la unidad de sentido de las culturas, quebrando la base
territorial de sus culturas y despejando los recursos para la colonización.
Los
procesos de reforma agraria - especialmente los más tardíos, de los años
sesenta y setenta - generalizaron la titulación individual de las tierras de
cultivo y promovieron, con poco éxito, modelos cooperativos de gestión[xviii][xviii][18].
La entrega de tierras de mala calidad, la prohibición de dividir las parcelas
dotadas por la reforma agraria, la falta de previsión sobre la necesidad de
ampliar las dotaciones para atender a nuevas generaciones, la inexistencia de
políticas y de fondos de fomento de la pequeña producción agropecuaria y las
insuficiencias y defectos de los procesos de titulación y demarcación, entre
otros factores, dieron como resultado un rápido deterioro del modelo. Estas
limitaciones afectaron a todos los campesinos y pequeños productores rurales;
sin embargo el impacto sobre los indígenas fue otra vez mayor, porque los
modelos de gestión cooperativa fueron impuestos sobre los esquemas de
parentesco ampliado, la concentración parcelaria dificultó las estrategias de
complementariedad de una agricultura vertical e intensiva, y el ritmo de
ampliación de las dotaciones quedó muy rezagado del crecimiento demográfico, en
franca recuperación.
En
las tierras bajas, a las políticas de reforma agraria les correspondieron
políticas de colonización. Las primeras se concentraron en las tierras altas
para redistribuirlas al menos parcialmente y las segundas persiguieron ampliar
la frontera agrícola para aliviar la presión sobre el suelo. La colonización involucró
a campesinos (indígenas y no indígenas) de las tierras altas que se desplazaron
hacia regiones de montaña subtropical y tropical, e impactó a pueblos indígenas
nativos de esas regiones de muchas maneras, entre las que cabe destacar el
establecimiento de linderos, la intensificación de las relaciones mercantiles,
los cambios en las practicas agrícolas y pecuarias y, por supuesto, la
generación de conflictos por el control territorial.
Las
leyes substitutivas de la legislación de reforma agraria, algunas adoptadas
desde finales de la década de 1980, abandonan progresivamente los criterios de
redistribución y protección, persiguen fundamentalmente la regularización de la
propiedad y están orientadas al fomento del desarrollo agropecuario, sin
embargo no consideran medidas de asistencia técnica y financiera a la
producción campesina. Esta política pone mayor atención al aprovechamiento
comercial de las tierras bajas, al fomento de usos no agrícolas como el turismo
y en cierta medida a la conservación ambiental. Sin embargo, la prospección y
extracción de hidrocarburos son el interés dominante de los estados y de las
empresas transnacionales, un nuevo actor que irrumpe en lo que queda de los
territorios indígenas y que amenaza con provocar la desestructuración
definitiva de sus estructuras sociales y de sus culturas. A las petroleras
siguen hoy en día las empresas de bioprospección con fines farmacológicos, la
expansión de las áreas con cultivos ilícitos y, concomitantemente, el combate
al narcotráfico.
La
discusión de las reformas constitucionales de la última década del siglo XX
puso en evidencia un claro interés por desmontar definitivamente las
restricciones sobre el mercado de tierras y regularizar la propiedad. Si bien
la resistencia campesina e indígena a este tipo de reformas dio algunos
resultados[xix][xix][19],
ya se introdujeron algunas fisuras - constitucionales y legales - muy
significativas en regímenes agrarios tradicionalmente tan fuertes como los de
Bolivia, México y Perú[xx][xx][20].
Las dinámicas de la globalización del mercado y las tendencias neoliberales que
acompañan este proceso, están favoreciendo la desregulación y presionando sobre
la desincorporación de cualquier forma de propiedad pública como mecanismo de
protección de las tierras indígenas.
La
solución ambiental, que implica el establecimiento de reservas indígenas- es
eficiente en algunas zonas de las selvas tropicales. Sin embargo donde se han
dado estas medidas no han resuelto por si solas la cuestión del aprovechamiento
sostenible, la falta de capital y la debilidad de la infraestructura comercial
y de servicios. Pero por lo general esta solución implica una estrategia
jurídica sumamente compleja porque sobrepone derechos (públicos y privados,
administrativos y patrimoniales) cuyo ejercicio puede resultar en ocasiones
incompatible. También es altamente dependiente de la existencia de sistemas de
catastro y registro suficientemente claros y seguros que limiten el riesgo de
conflictos y permitan solucionarlos oportunamente, cuestión que es muy
deficitaria en la región. Por último esta solución requiere de una contraloría
eficaz por parte del Estado, que se está perdiendo rápidamente. Hay varios
ejemplos de esta fragilidad de la solución etno-ambiental, como la situación de
las Reservas Indígenas en Costa Rica, donde menos del 50% de los territorios
(en términos absolutos) están todavía libres de la ocupación por terceros y
donde la mayoría de las familias indígenas están reducidas en pequeñas parcelas de la peor
calidad.
Consideraciones sobre discriminación,
inequidad y exclusión, y sobre su combate[xxi][xxi][21]
El
examen de las tendencias que han seguido las políticas públicas sobre
territorios y tierras en América Latina y su impacto sobre los pueblos
indígenas me anima a proponer que es conveniente distinguir tres fenómenos
interconectados que afectan la relación entre los pueblos indígenas y las
sociedades nacionales dentro de las cuales viven: la discriminación étnica, la
inequidad económica y la exclusión política; y que estos constituyen un círculo
vicioso.
Considero
que es necesario reconocer el carácter específico de cada uno de éstos
fenómenos y su capacidad de operar con autonomía y que, si bien las prácticas
discriminatorias son funcionales al mantenimiento de la inequidad económica y
la exclusión política y contribuyen a profundizarlas y a justificarlas, no son
la causa misma de tales fenómenos. Por lo anterior el combate a la
discriminación no puede ser planteado como la única ni la principal medida para
revertir la inequidad y la exclusión. Es necesaria una estrategia combinada que
combata simultáneamente los tres fenómenos, cada uno en su campo.
Utilizo
los conceptos discriminación, inequidad y exclusión, para referirme a fenómenos
íntimamente ligados que se corresponden con ordenes distintos de la vida
social: la cultura, la economía y la política respectivamente. La
discriminación es un conjunto de prácticas que niegan o impiden el goce de
derechos en razón de diferencias étnicas o culturales, y que están fundadas en
actitudes que comprenden tales diferencias como prejuicios y estereotipos
socialmente generalizados (muy frecuentemente de tipo racista). La inequidad es
un resultado acumulativo de la distribución desigual de bienes, servicios y
oportunidades entre sectores de la población, más allá de su posición como
actores económicos y en relación con factores sociales y culturales. La
exclusión es el fenómeno por el cual una parte de la población es dejada fuera
de los mecanismos de participación y de representación de sus intereses en la
arena política; porque sus estructuras organizativas y sus formas de
representación no tienen cabida en la operación del sistema democrático tal
como está organizado en nuestros países.
Entre
los muchos textos en preparación sobre la temática con oportunidad de
Conferencia Mundial contra el Racismo [...] hay cuatro que se refieren a
América Latina y tocan de diversas maneras estas cuestiones. Álvaro Bello y
Marta Rangel (2000) discuten y documentan los problemas generales ligados a
etnicidad, raza e inequidad; Rodolfo Stavenhagen (2001) hace una profunda
reflexión sobre el tema en relación con los pueblos indígenas; sobre las
comunidades afro americanas y caribeñas, Celina Romaní (2001); y sobre migrantes, Fredy Rivera (2001) . Los tres últimos documentos,
preparados por encargo del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH)
y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), identifica tres o cuatro campos
críticos en los cuales la problemática del sector es más aguda; coinciden en lo
que se refiere a acceso y disponibilidad de recursos y servicios (tierras,
territorios, educación, salud, capital productivo), de seguridad jurídica y
acceso a la justicia (ciudadanía plena, prevención y penalización de la
discriminación) y de plena participación democrática. Hay énfasis distintos en
la importancia de algunos campos según sector: identidad y educación (afro
americanos), territorios y autonomías (indígenas), ciudadanía y empleo
(migrantes y desplazados).
De manera consistente con el diagnóstico de la
problemática y la identificación de campos críticos los documentos sugieren
recomendaciones sobre políticas de carácter general, tanto en las relacionadas
con medidas generales de prevención y protección, como y programas que podrían
desarrollarse desde el Estado y/o con la cooperación internacional, y aportan
algunos ejemplos relevantes (reformas legales, fomento del desarrollo,
mejoramiento de los servicios de educación y salud).
Sobre
la base de los textos citados y otros, quiero argumentar que los pueblos
indígenas de la región han sido y son víctimas de discriminación, de inequidad
y de exclusión, y que esta situación es históricamente acumulativa y tiene
impacto sobre su destino. Este complejo puede recibir la denominación propuesta
por Stavenhagen (op.cit) de “discriminación estructural”, que modifica el
sentido más común de racismo. Esta forma de comprender privilegia una mirada
sobre los procesos históricos y sus resultados actuales, más que sobre la
persistencia de normas y prácticas (en la legislación y en las instituciones),
y de actitudes y conductas (en los gobernantes y en la sociedad), que pueden
estar operando por medio de estereotipos racistas y sentimientos de
intolerancia, pero que no explican suficientemente la profundidad del problema
y la dificultad de las soluciones posibles. Esa “discriminación estructural” da
como resultado una situación de desigualdad en el acceso a los recursos
naturales, a los servicios básicos y a la economía, comprometiendo déficit de
distribución y de seguridad jurídica de la tierra, así como defectos en la
configuración y ejercicio del poder fundados en la concentración y la inequidad
del control del territorio, como base de la vida social, cultural y política.
La
discriminación puede estar enraizada todavía en una actitud racista, pero hoy
es más explícita la intolerancia respecto de las diferencias étnicas y
culturales, aunque estas no sean más percibidas como diferencias raciales. Se
trata de una actitud dominante en los actores políticos y en la opinión pública,
que consiste en la negación del derecho de los diferentes a participar del
proyecto nacional (su construcción y sus beneficios) desde sus
particularidades, ejerciendo un grado razonable de autonomía y reteniendo el
control de los recursos y de los procesos sociales y culturales enraizados en
sus territorios[xxii][xxii][22].
La
inequidad económica es fundamentalmente una cuestión ligada a la distribución
de los bienes, servicios y oportunidades, que en el caso de los pueblos
indígenas se manifiesta como una brecha respecto de otros sectores de población
en los indicadores de desarrollo. Este fenómeno de brecha revela déficit
acumulados históricamente, pero también tiende a ampliarse con el crecimiento
general de la sociedad. Evidentemente la acumulación ha generado incapacidades
estructurales para asimilar el crecimiento (algo que opera de manera semejante
al síndrome de desnutrición crónica) y el hecho de que las brechas aumenten
pone de manifiesto que la ampliación de la cobertura de los servicios básicos con
los mismos modelos estándar no está contribuyendo a solucionarla.
La
exclusión política proviene de una democracia que todavía es insuficiente
porque es poco inclusiva de la diversidad social y cultural. Nuestras
sociedades muestran un tipo de desarrollo democrático que ha dejado fuera del
juego a las instituciones tradicionales de representación y organización social
indígena, basadas en nexos de carácter cultural, étnico o regional. Mientras
tanto, el control sobre la cultura propia, indispensable para el mantenimiento
de la misma y como sustento de una identidad cultural específica, requiere el
ejercicio de decisiones autónomas por parte de cada pueblo.
En
el contexto de las transformaciones que constituyen la globalización, la
intolerancia a la multiculturalidad, la inequidad y la exclusión hacen parte de
una nueva trama económica y política, distinta a la que las hizo necesarias en
anteriores momentos de la historia. Hoy en día opera como un mecanismo para
forzar la homogeneización, práctica que se realiza principalmente en las
comunicaciones y en los mercados sin fronteras. Los programas de modernización
en curso de ejecución implican el desmantelamiento de las políticas sociales y
de las instituciones de desarrollo del aparato estatal y cierta transferencia -
más retórica que real - de responsabilidades al sector privado (entendido como
conjunto de intereses empresariales más que como sociedad civil).
Ahora
bien, sin desestimar la importancia que tienen las medidas de política que
pueden adoptar los estados o impulsar las agencias internacionales para
combatir la discriminación étnica, la inequidad económica y la exclusión
política, considero que se debe reconocer el importante rol que vienen jugando
los movimientos indígenas en el combate contra este conjunto de situaciones,
conjunto al que suelen denominar con frecuencia racismo. Las luchas de los
movimientos nacionales indígenas en los últimos años han sido un factor clave
para provocar cambios en el campo de las relaciones étnico-nacionales, con algunos
resultados favorables - en curso de establecimiento - para la modificación de las actitudes racistas y las
prácticas discriminatorias, con efectos decisivos sobre la opinión pública y
sobre la reforma legal e institucional del Estado.
He
explorado sistemáticamente el curso de las relaciones entre las dinámicas de
los pueblos indígenas, la modernización del Estado y el rol de la comunidad
internacional en América Latina durante el último cuarto de siglo[xxiii][xxiii][23]
y encuentro que en muchos países el papel que viene desempeñando las
organizaciones y los movimientos indígenas es clave para destrabar la maraña
constitutiva de la discriminación y sus efectos. En algunos países - como
Ecuador y México por ejemplo -estas dinámicas han sido determinantes en el
curso que están tomando las políticas públicas. Allí los movimientos alcanzan
una dimensión nacional y afectan a la agenda de la democracia y no sólo a la
problemática de los pueblos indígenas. Evidentemente en algunos sectores de la
sociedad han aflorado -de modo espontáneo o inducido- viejos temores y
actitudes de tipo racista.
Los problemas y retos pendientes
Bajo
estas condiciones hay varios asuntos de la relación Estado-Pueblos Indígenas
que requieren ser modificados: (i) la carencia de un régimen territorial que
garantice a estos grupos diferenciados el acceso y el control de los espacios y
los recursos necesarios para su reproducción material y cultural; (ii) la
marginación de las comunidades étnicas y culturales de las decisiones y el
diseño de su propio desarrollo, de la administración y ejecución de las
acciones y del acceso a los recursos técnicos y financieros para promoverlo;
así como de la participación en la gestión y en los beneficios del desarrollo
nacional; (iii) la exclusión de los pueblos, etnias, regiones, comunidades y en
general de los grupos culturales de los mecanismos democráticos de acceso al
poder desde sus propias formas organizativas y la imposibilidad de
garantizarles espacios políticos autónomos de realización de sus capacidades de
autogestión y autogobierno; (iv) el mantenimiento de un sistema deficiente de
administración de justicia que no garantiza un acceso equitativo para toda la
población, ni toma en cuenta las particularidades étnicas y culturales, ni
permite algún grado de autorregulación, ni valida las formas propias de
arreglar los conflictos
La
solución de las tensiones en torno al régimen de acceso a los recursos
territoriales pasa por dos caminos: la factibilización de las demandas
indígenas más allá de su alcance esencialmente ideológico y el de la reforma
legal más allá del régimen de propiedad. Las reformas recientes a la tradición
constitucional sobre los territorios tierras indígenas en Brasil, Colombia,
Ecuador, México, Nicaragua, y Paraguay; algunas experiencias relacionadas con
el régimen de administración de los recursos naturales, las reservas forestales
y las áreas protegidas en Bolivia y Brasil; muestran un camino posible.
La
solución que se dé a la demanda territorial deberá responder al mismo tiempo a
la demanda de autonomía mediante la modificación del sistema de distribución de
las competencias. Los pueblos indígenas y otros grupos que demandan
genéricamente autonomía deberán comprenderla como una posibilidad en el marco
de los procesos de reordenamiento y reorganización del Estado y desarrollar las
capacidades necesarias para asumirla. Hay algunas propuestas para modificar los
sistemas centrales de distribución y ejercicio de las competencias en favor de
regiones, organizaciones locales y entidades indígenas, pero no hay todavía
balances críticos de sus alcances y de su aplicación real.
El
desarrollo comprendido como un proceso de sustitución de las prácticas y
valores tradicionales por otros adecuados a la construcción de un destino
nacional homogéneo, es por definición incompatible con el fortalecimiento de
las identidades particulares y con el mantenimiento de la diversidad y las
metodologías para fomentar la participación, largamente experimentadas, no
desvanecen por sí mismas esta oposición. Las tensiones con relación al
desarrollo provienen de su definición y se materializan en la exclusión de las
perspectivas y de la gestión desde los beneficiarios. El carácter multiétnico y
multicultural que ahora reconocemos en las formaciones nacionales demanda una
nueva concepción del desarrollo como un impulso desde las culturas, los
intereses y las maneras de hacer de las comunidades; una redefinición de los
roles de los diferentes actores en los escenarios locales, nacionales e
internacionales, así como condiciones de seguridad sobre los recursos,
democracia en las decisiones y justicia en la distribución. Hace falta una
modificación sustancial de la calidad y forma de la entrega de bienes y
servicios, como lo demandan las organizaciones cuando plantean la necesidad de
un desarrollo definido a partir de las características sociales y culturales de
los pueblos indígenas.
Tal
como lo ha propuesto recientemente la CEPAL al formular la estrategia de
Transformación Productiva con Equidad (TPE), el desarrollo es un asunto ligado
al crecimiento, pero también a la distribución y a “la integración social del
sistema a través de una “ciudadanía moderna” y activa, que de cuenta, por un
lado, de la diversidad y la multiculturalidad, y por otro, del pleno disfrute del
derecho a desarrollar sus identidades propias a los distintos grupos sociales
que componen el tejido social de la región”. Tal “ciudadanía moderna” implica
“... la existencia de actores sociales con posibilidades de autodeterminación,
capacidad de representación de intereses y demandas, y el pleno ejercicio de
sus derechos individuales y colectivos jurídicamente reconocidos” (Ottone
citado por Bello y Rangel, 2000).
Se
trata entonces de desarrollar un modelo de democracia que efectivamente proteja
los Derechos Humanos y promueva la participación de la sociedad como una
poliarquía, esto es un sistema en el cual el poder está distribuido y tal
distribución tiene significado para todos los ciudadanos y ciudadanas, en tanto
les permita ejercer los derechos a tomar parte en las decisiones que afectan a
la colectividad, exigir la debida atención de sus demandas, participar en el
control de la legalidad y del ejercicio
de la autoridad (la rendición de cuentas), y organizarse y actuar autónomamente
en tanto sociedad civil[xxiv][xxiv][24].
El
acceso a la justicia y la solución de una aparente oposición entre derecho
indígena y derecho nacional combina soluciones en el régimen territorial (que
define jurisdicciones), en el campo de las autonomías (que establece competencias)
y en el sistema judicial (que fija procedimientos). Reformas constitucionales
recientes en México, Bolivia, Paraguay, Colombia y Ecuador reconocen algún
valor a los sistemas tradicionales de realización de la justicia o a la
sujeción voluntaria a las costumbres y tradiciones. Las normas constitucionales
de Colombia y Ecuador posibilitan la combinación territorio-autoridad-justicia,
pero aun no han sido puestas en práctica. Hay muchos esfuerzos pendientes para
hacer viable una solución desde la perspectiva del pluralismo.
En
el campo del desarrollo económico, social y cultural, la diversidad étnica
plantea muchos retos que aun no han empezado a ser enfrentados. En la coyuntura
de la modernización y desde el fondo de la crisis el reto del desarrollo con identidad
se proyecta como el eje de la reorganización de todos los elementos que
gravitan en la configuración de las tensiones entre diversidad social y
homogeneidad del modelo: territorios, autonomía, justicia e identidad.
Una
gestión de las transformaciones que permita vislumbrar soluciones posibles
demanda una extensa revisión de las comprensiones y las prácticas que en el
pasado instalaron los problemas.
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